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Verano y obesidad infantil, los adultos decidimos

Las vacaciones están llenas de helados, de comidas con un poco de descontrol, de horarios raros y de bebidas llenas de carbohidratos y en muchos casos con demasiada azúcar.

Las vacaciones están llenas de helados, de comidas con un poco de descontrol, de horarios raros y de bebidas llenas de carbohidratos y en muchos casos con demasiada azúcar.

Las vacaciones, así a priori, parece que no ayudan mucho a evitar o a reducir la obesidad infantil, aunque siguiendo unas sencillas pautas y no dejándonos llevar por la corriente de la publicidad de los productos alimenticios relacionados con el verano, podríamos implantar unos hábitos de comida más saludables y que después, quizás podríamos mantenerlos durante el resto del año.

El verano está para comérselo y para luchar contra la obesidad infantil, en vacaciones tenemos tiempo para movernos y para comer mejor. Hay dos pilares fundamentales para tratar de evitar la obesidad infantil e incluso, son las dos únicas maneras de superarla: la alimentación y el ejercicio físico.

Y esos dos pilares fundamentales en este caso no dependen del sujeto, es decir, no están bajo el control del niño o no deberían estarlo aunque sabemos que muchas, demasiadas veces el niño tiene la última palabra en lo que se pone en la mesa y en qué y cuánto ejercicio realiza. No debería ser así, pero en ocasiones sabemos que así es.

Prevenir la obesidad también en verano
Los niños tendrán problemas de salud en el futuro por su exceso de peso en la infancia e incluso ya desde pequeños muestran señales de enfermedad cardíaca y otras enfermedades derivadas del sobrepeso.

Desde problemas físicos a problemas sociales e incluso económicos, se sabe que una persona adulta con obesidad, a lo largo de su vida tendrá que invertir en torno a 13.000€ más en gastos médicos que un individuo de peso medio.

Como padres y madres tenemos que hacernos responsables de la alimentación sana de nuestros hijos y a poder ser sin que eso se traduzca en que nos amarguemos la existencia los unos a los otros.

Como también tenemos que ser responsables de que el sedentarismo no ocupe todo su tiempo, de que se muevan, de que la actividad física forme parte de sus rutinas y de su vida para conseguir una vida sana y mucho más feliz juntos.

Claves para una alimentación más sana en verano
Además de variar nuestra alimentación podemos plantearnos algunos cambios en nuestras costumbres a la hora de sentarnos a la mesa, cambios sencillos pero eficaces y cambios en los que nosotros, los adultos, estamos directamente implicados.

Lo primero es fundamental: somos su ejemplo en todo y en la comida y en la actividad física también. Si nos ven comer sanos, si nos ven movernos, se animarán antes a hacerlo, a hacerlo con nosotros, a participar en familia, a compartir

Soltar los cubiertos de vez en cuando
La comida requiere un tiempo y un hábito pero no todos comemos en el mismo tiempo. Quizás alguno de los miembros de la familia come más despacio, quizás los más pequeños tardan un poco más, quizás podríamos adecuarnos los demás a ellos, masticando más despacio, soltando de vez en cuando el tenedor o la cuchara, dialogando con el resto de la familia.

    A las comidas en familia no se invita a la televisión, no comemos con la televisión, no organiza nuestros diálogos, ni nuestros tiempos, ni lo que ponemos en el plato. Cuando comemos apagamos la tele, por nuestra salud.

    A las comidas tampoco invitamos el estrés del exterior, los problemas, sobre todo los problemas de los adultos, no entran en la mesa porque no nos permite escuchar, charlar y conocer los problemas de nuestros hijos. Las comidas con nuestros hijos tienen que fomentarles unos hábitos saludables y si es necesario que vayamos cambiando nuestros propios hábitos tendremos que hacerlo, por su bien y por el nuestro, por la salud de toda la familia.

    No es que seamos rígidos hasta la extenuación pero ayuda y mucho el hecho de organizar la frecuencia de las comidas para evitar el picoteo a deshora, para evitar ese consumo incontrolado que nos acerca más a la obesidad de lo que sería deseable.

    Podríamos plantearnos seriamente que a la mesa lleguen ya las raciones servidas con aquello que consideremos que nuestros hijos deben comer y nosotros mismos, evitamos la tentación y ayudamos a que nuestros hijos aprecien su propia sensación de saciedad. Es una forma encubierta de controlar un poco la ingesta de comida del menor.

No únicamente alimentarnos
No sólo comer, realizar actividades con nuestros hijos nos va a ayudar a comunicarnos más y mejor. Jugar, divertirnos juntos, hacer actividades que nos ayuden a adquirir hábitos sanos y no sólo alimenticios.

Son sólo  algunas  pautas que podemos ir poniendo en marcha durante las vacaciones veraniegas. Comportamientos que después, cuando pasen las vacaciones, podemos intentar mantener durante el resto del año. A fin de cuentas, estamos hablando de nuestra salud, de la de nuestra familia ¿se os ocurre algo más importante?
Fuente: https://www.bebesymas.com/salud-infantil

 

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