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La 'guerra dulce'

La eterna guerra contra el azúcar vive ahora un nuevo episodio con la correlación entre obesidad y bebidas azucaradas.

Inma Fernández | El Periódico
Ojo con el refranero, que con eso del ‘a nadie le amarga un dulce’, se puede liar gorda. Los expertos de la salud llevan lustros advirtiéndolo. Las grasas que no quemamos, al michelín, y de ahí a la diabetes 2, la hipertensión, los problemas cardiovasculares... La eterna guerra contra el azúcar vive ahora un nuevo episodio con la correlación entre obesidad y bebidas azucaradas que ha llevado a gravar estos líquidos. Alguien ha recordado con sabiduría: ¿De dónde sacaba el hombre prehistórico todo el aporte de azúcar? De las frutas. No necesitaba más.

Vayamos a lo concreto: una sola lata de Coca-cola contiene más azúcar (35gr) de lo recomendado como porción diaria (25gr). “Un tercio de los azúcares añadidos que consumimos, que son los más dañinos, proceden de las bebidas azucaradas. La evidencia científica es muy sólida en la relación entre estos refrescos y la obesidad, la diabetes tipo 2 y la caries. En el caso de las enfermedades cardiovasculares es una evidencia moderada”, argumenta Miguel A. Martínez-González, autor de varias investigaciones sobre un debate que, asegura, está focalizando el interés de la comunidad internacional en la lucha contra la obesidad.

“El ‘lobby’ del azúcar tiene poder”, apunta el profesor  de la Universidad de Navarra con datos contrastados. “Hicimos una investigación con los artículos influyentes sobre el tema y comprobamos que el 83% de los estudios financiados por la industria de bebidas refrescantes concluían que no había relación entre estas y la obesidad. Por el contrario, el 82% de los análisis independientes la establecían. O sea, la fuente de financiación determina el resultado”. Martínez-González aporta un apunte relevante: “Cuando se ingieren estos líquidos, el cerebro no los asocia como calorías y provocan más hambre”.

Más ejercicio
Pero, por supuesto, no hay que echarle toda la culpa a los azúcares. Los expertos coinciden en que “la epidemia” de obesidad está asociada también a un modo de vida sedentaria. “Antes los niños íbamos en bici, jugábamos en la calle, quemábamos las calorías, pero ahora, con tantas horas antes las pantallas, no se queman”, constata Montse Folch, nutricionista de la clínica Teknon, que alerta especialmente de la creciente obesidad en los menores. Un niño gordito será, avisa, seguramente un adulto obeso. “Hay tres etapas clave: los 2 años, los 6 y durante la pubertad, porque no solo aumentan de tamaño las células propias del tejido graso, los adipocitos, si no que también se multiplican para siempre”.

Los múltiples esfuerzos por concienciar a la población caen en saco roto, lamenta la experta, que extiende los peligros a todos los productos con azúcares añadidos, que encabezan la pirámide de alimentos más nocivos. “¡Si hay tiendas que solo venden chuches, habria que cerrarlas!”. “Agua, agua, agua, y ejercicio”, recomienda la nutricionista y añade: “Es preferible una copita de buen vino tinto que un refresco”. Pero, obvio, tampoco se pasen.

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